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Lilith Magazine - En Espagnol


VIOLENCIA DOMÉSTICA
Relaciones abusivas en la comunidad judía
Summer 2005

Por Letty Cottin Pogrebin

Cada 15 segundos hay una mujer golpeada en los Estados Unidos. La violencia doméstica es la principal causa de heridas en las mujeres. Cada cuatro mujeres norteamericanas, más de una experimentará abuso en algún momento de su vida y como sabemos, los judíos no somos una excepción, sin importar si somos ortodoxos o estamos o no afiliados a una sinagoga. Perogrulladas tales como: “Los hombres judíos no golpean”, “Los hombres judíos son los mejores esposos” o “Las familias judías son refugios seguros ante un mundo hostil” son tan falsas como “No hay judíos alcohólicos”.

Las ventajas socioeconómicas permiten que algunos hombres cometan delitos en sus relaciones sin sufrir las consecuencias legales. El caso es que hombres de la clase media o alta (descripción que abarca a la mayoría de los hombres judíos) tienen menos probabilidades de ser acusados o condenados por maltrato. Sirven menos tiempo en prisión y cuando están disponibles son sentenciados a condenas alternativas, tales como grupos de reeducación obligatorios para personas que maltratan a su cónyuge o hijos o se les permite buscar ayuda terapéutica privada.

Faye Wilbur, una trabajadora social que se ocupa de la comunidad ortodoxa en Boro Park, Nueva York me dijo: “Los hombres que maltratan a las mujeres se presentan bien. Son encantadores con todos, menos con sus esposas y cuando la mujer lo amenaza con exponer su comportamiento abusivo ellos contestan: ‘Nadie te creerá’. Y con frecuencia tienen razón”.

Desgraciadamente, en nuestra comunidad se llevan a cabo a puertas cerradas horrendos actos de violencia y abuso sexual, aun en aquellas casas con “mezuzot” en las puertas. Los Sabios consideraban que la “mezuza” brindaba protección divina, un símbolo de Dios salvando a los israelitas de la décima plaga. Pero es difícil que las mujeres maltratadas encuentren protección escondiéndose detrás de las puertas de sus hogares, seguras de ser las únicas judías golpeadas en el lugar que se supone más seguro.

Más allá de sus religiones y etnias, algunos hombres maltratan a mujeres y niños no sólo porque su mayor poderío físico y mayor autonomía financiera, sino que a pesar de los grandes esfuerzos feministas la dominación masculina es todavía una suposición cultural profundamente arraigada.

Mientras más patriarcal sea la familia más probable sea el abuso de las mujeres. Cuando hay privilegio hay poder. Asimismo cuando hay dependencia hay impotencia, por ejemplo cuando una esposa no tiene control sobre el dinero de la familia o cuando debido al maltrato de un marido hacia su esposa los hijos de la pareja se creen con permiso de faltarle el respeto o intimidar a la madre. Para romper el círculo de violencia doméstica debemos reestructurar la familia patriarcal considerando un orden social basado en igualdad, democracia y paridad financiera. Y debemos desafiar la socialización de roles rígidos en el hogar y en la escuela y los paradigmas disfuncionales de supremacía masculina y subordinación femenina –especialmente aquellos que igualan al género masculino con dominancia y al género femenino con sumisión-.

Feministas y partidarios contra la violencia han “desnormalizado” el uso de la fuerza de los hombres para controlar a las mujeres. También han deconstruido las excusas masculinas. Cuando un hombre dice que su pareja lo molesta hasta enfurecerlo o hacerlo perder los estribos, le dicen: “Si tu enojo es tan incontrolable ¿Cómo puede ser que no golpees a gente en la oficina? Si no puedes controlar tu cólera ¿Cómo puede ser que cuando estás golpeando a tu mujer contra la pared siempre puedas parar antes de dejarle marcas, romperle huesos o matarla?

El gran interrogante sigue siendo: ¿Por qué algunas mujeres toleran el abuso? Con frecuencia no es porque las mujeres sean masoquistas o débiles, sino porque son feroces protectoras de la familia, y el perpetrador las ha amenazado con dañar o llevarse a sus hijos si se resisten o se van de la casa. Las estadísticas criminales sugieren que puede ser más peligroso irse de la casa que quedarse. En el período posterior a dejar la casa las víctimas de violencia doméstica se encuentran a mayor riesgo de ser asesinadas. Otras mujeres simplemente no quieren terminar la relación sino que quieren que el vínculo mejore. Ellas dicen: “No lo encarcelen, mejórenlo”.

Mientras que mujeres religiosas de diferentes religiones tienden a quedarse en relaciones abusivas más tiempo que mujeres de otros grupos, mujeres judías observantes soportan el maltrato y humillación en parte porque nuestra tradición nos enseña que la mujer es la responsable de mantener a la familia unida y de la paz hogareña “Shalom bayit”. Asimismo, las mujeres religiosas tienden a no acudir a refugios o a tomar acciones legales, porque el ideal judío femenino es permanecer casada y criar hijos.

No buscan ayuda, no sólo porque le tienen miedo al marido, sino porque además temen que la revelación haga de la familia el sujeto de “lashon hara” (chismes indignos) y arruinar los prospectos de casamiento de sus hijos. Los hijos de sobrevivientes del Holocausto eligen usualmente no dar a conocer su maltrato para no provocarles mayores disgustos y sufrimiento a sus padres. Las mujeres inmigrantes pueden sentirse especialmente impotentes, debido a la barrera del idioma, la falta de conocimiento de sus derechos o dado que su estatus como residente del país depende de su esposo.

Estas son razones complejas, pero los resultados son los mismos. En el mundo judío norteamericano la triste verdad es que aunque las víctimas de la violencia doméstica sean mucho más numerosas que las víctimas de antisemitismo, las mujeres y niños maltratados solamente obtienen una pequeña parte de la atención y recursos de la comunidad. Irónicamente, una víctima que fue golpeada por un antisemita o violada en el ascensor de su edificio tiene mayores chances de ser apoyada y defendida por la comunidad que si su esposo la abofetea en su propia cocina.

¿Por qué ha llevado tanto tiempo para organizaciones judías, sus líderes, rabinos y el resto de nosotros aceptar –y mucho menos tratar de acabar- con el abuso que ocurre en familias judías? ¿Por qué tantos le dan la cara o niegan el maltrato?

En parte, pienso que tiene que ver con el hecho que el 95 por ciento de las víctimas de abuso doméstico son mujeres, y en los ojos de algunos judíos lo que les ocurre a las mujeres judías no le está pasando exactamente a los judíos.

Veo un paralelo con la respuesta de la comunidad judía ante los insultos humorísticos. La mayoría de los judíos se ofenden ante los chistes “judíos”. No nos reímos de ellos. Reprochamos a quienes los cuentan y no los contamos. Sin embargo, los chistes sobre la “JAP” (Princesa Judía Americana) no sólo son tolerados por los judíos, sino que ellos mismos los cuentan (ver el análisis realizado originalmente en “Lilith”, otoño de 1987). Aunque el estereotipo de la “JAP” es totalmente difamatorio: caprichosa, arrogante, materialista, represiva sexual, codiciosa, narcisista y manipuladora, no se percibe como una calumnia antisemita. ¿Por qué? Porque la mujer es el blanco de las bromas. Así como el sexismo legitima al humor antisemita, también legitima el abuso de los mujeres judías.

¿De qué manera pueden las sobrevivientes de la violencia doméstica tomar las riendas del asunto y contribuir a una solución, cuando tienen miedo, están avergonzadas o impotentes económica o políticamente? ¿Cómo pueden los programas comunitarios crear una respuesta apropiada si la comunidad es intrínsicamente sexista y patriarcal?

Lo sorprendente es que nuestra historia y herencia no nos hayan vuelto más sensibles al sufrimiento. La enorme exhortación en Deuteronomio: “Tzedek, tzedek, tirdof” (“Sólo buscarás la justicia”) no promete justicia desde los cielos, sino que demanda la búsqueda de justicia en la Tierra. Ahora es el momento para que la comunidad judía ponga el dinero donde reposan sus valores. Puede ser que la prevención y educación sean la solución a largo plazo, pero ¿Qué hacemos mientras tanto?

Sugerir que los filántropos que apoyan el programa “Birthright Israel” también respalden el derecho a la seguridad dentro del hogar judío. Requerir que la prevención del maltrato doméstico judío sea un ítem del presupuesto de cada organización comunitaria. Organizaciones, comités de acción social en sinagogas y centro comunitarios judíos deben invitar a oradores sobre violencia doméstica, publicitar la línea directa de ayuda a las víctimas, recaudar fondos y proveer bolsas de trabajo para que las víctimas puedan volverse autosuficientes si así lo deseen. Las sinagogas y centros comunitarios judíos deben publicar afiches en sus boletines y calcomanías con los números de las líneas directas para las víctimas de abuso doméstico en las puertas de los baños de mujeres.

Los seminarios no deben graduar a rabinos hasta que no estén preparados para llevar a cabo esta tarea. Los maestros de escuelas y centros de estudios judíos deben proporcionar una ruta de acceso a sus alumnos para que puedan expresar el abuso que viven o del que son testigos. Necesitamos una campaña de bien público en la comunidad judía sobre violencia doméstica de la misma manera que ya se hizo sobre otras aflicciones que aquejan a judíos como cáncer de seno y Tay-Sachs. Necesitamos que todo el liderazgo judío tenga cero tolerancia al respecto.

La violencia doméstica no es una crisis privada, sino que despoja a la sociedad de los talentos de media población. Hiere al cuerpo, pero sofoca al espíritu y afecta las ganas de superación. Las mujeres que son golpeadas, infantilizadas, aisladas, privadas de autonomía financiera o controladas por sus parejas no cuentan con la fortaleza o voluntad para contribuir a la sociedad con los talentos que Dios les ha dado. Ya que necesitamos la participación de cada ser humano en nuestro mundo, el abuso a mujeres es un crimen contra todos nosotros. Letty Cottin Pogrebin es editora fundadora de “Ms. Magazine” (“Revista Señora”) , es la autora de nueve libros, entre ellos la reciente novela “Three Daughters” (“Tres hijas”) y la memoria “Getting Over Getting Older” (“Superando envejecer”). Este ensayo es una adaptación sobre su ponencia ante la Conferencia Internacional de Mujeres Judías sobre Violencia Doméstica en la Comunidad Judía.

Traductora: Graciela Berger Wegsman