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Lilith Magazine - En Espagnol


¡SIGO SIENDO JUDIA!
¿Qué significa actualmente ser una mujer judía en un casamiento mixto?
Summer 2005

Por Jeri Zeder

En diferentes ocasiones durante el último siglo en Estados Unidos, nosotras -las mujeres judías en casamientos mixtos- hemos sido llamadas “aniquiladoras” del Pueblo Judío; declaradas “muertas” prematuras por nuestros propios padres y hemos presenciado a rabinos dándoles la espalda a nuestros maridos, los padres de nuestros hijos, en forma pública en sinagogas. También hemos sido objeto de encuestas y censos y hemos sido descriptas en categorías que no necesariamente aceptamos como válidas. Tenemos mucho por decir, sin embargo, hasta ahora fuimos poco escuchadas como miembros de una demografía particular.

Keren McGinity ha completado en forma reciente un estudio sobre mujeres judías norteamericanas casadas con no judíos. Acepté ser una de sus entrevistadas. Aunque personalmente no he vivido cada una de las horribles historias descriptas anteriormente –por ejemplo, mis padres no rezaron Kaddish en mi honor, cuando me casé con un hombre no judío a quien por suerte aman- sufrí bastante. Una de las primeras cosas que le dije a McGinity es que no iba a participar de un estudio que considerara mi matrimonio como un verdadero desastre de proporciones hitlerianas. Esa no fue la perspectiva que ella eligió y quizás además por su sinceridad –o un nombre judío con un apellido que no lo es- decidí confiar en ella y aceptar su invitación a dialogar.

McGinity me preguntó sobre mi historia personal, nuestro cortejo, actitudes religiosas, negociaciones de poder y más. Preguntas como: “Antes de comprometerse

¿Establecieron como pareja ciertos parámetros a seguir? y “Si lo tuvieras que hacer de nuevo ¿Qué harías?

La misma McGinity es una de “nosotras”: una mujer judía casada con un hombre no judío. Recientemente terminó su doctorado en la Universidad Brown. Su disertación titulada: “Sigo siendo judía. Una historia de mujeres y casamientos mixtos en Estados Unidos” es la primera historia femenina de casamientos mixtos y la primera visión histórica que se centra en las mujeres judías norteamericanas que se casaron con hombres gentiles en el siglo XX. McGinity entrevistó a 42 mujeres asquenazíes del área de Boston con antecedentes religiosos reformistas, conservadores y ortodoxos cuyos matrimonios, ya sea en primeras, segundas o terceras nupcias, fueron con hombres no judíos entre 1938 y 2000. La mayor de las mujeres tenía 92 años al tiempo de su entrevista.

Otros investigadores -sociólogos, sicólogos, y demógrafos- han estudiado el tema de los casamientos mixtos y cómo con el tiempo han cambiado las diferentes actitudes hacia los mismos. En general observamos estudios poblacionales y sus ramificaciones: teorías que explican la causa de los casamientos mixtos, programas que previenen los casamientos mixtos, mandamientos judiciales contra rabinos que celebran casamientos mixtos, etc, y el contenido de lo que dicen y sus implicaciones se centra en el presente. Pero McGinity es una historiadora. En su trabajo –como en nuestra propia experiencia- nosotras, las mujeres judías que nos casamos con gentiles pasamos a primer plano. La verdad más importante que ella resalta es: que las propias mujeres judías en casamientos mixtos están creando sus propias definiciones sobre qué es una familia judía y esas expresiones, aunque no le agraden a algunos, son auténticamente judías para las mujeres que las abrazan.

Cuando McGinity habla públicamente de su trabajo, como lo hizo en abril en Newton, Massachussets, deja claro que el número de mujeres que entrevistó no es suficiente como ejemplo válido de una muestra de opinión. Su enfoque es cualitativo. “Uso las historias personales no para simplemente cuantificar cuántas personas concurren a los servicios religiosos, prenden velas o tienen o no un árbol de Navidad”, dice. “Estoy más interesada sobre qué significa tener o no el árbol de Navidad”. Su pensamiento, por ejemplo implicaría que cuando una mujer tiene un árbol de Navidad, porque ya no se considera judía, no es lo mismo que cuando otra mujer lo tiene por respeto a su suegra viuda que no tiene otra familia con quien celebrar la Navidad.

Comparando experiencias similares durante un período de diez siglos, McGinity afirma que el significado de los casamientos mixtos para las mujeres judías en la primera parte del siglo XX es bien diferente al de las mujeres en la segunda mitad del siglo, resultado consistente con el de otros investigadores. La historiadora reinvindica que un primer catalizador para el cambio fue el feminismo. De esta manera mujeres judías que se casaron en las últimas décadas del siglo no sólo se sintieron menos restringidas por expectativas comunitarias, sino que se mostraron más firmes en su deseo de establecer un hogar judío, declarándolo claramente. Más aún, podían imaginarse un casamiento y un hogar judío sin un hombre judío en la casa.

Las palabras de la escritora Mary Antin, autora de “La Tierra Prometida” (1912) y una inmigrante judía de la Zona de Residencia del imperio zarista, quien se casó con un luterano en 1901 describe un nuevo mundo, donde las mujeres pueden casarse por amor y donde se sienten con más libertad de elegir un nuevo estilo de vida que en su tierra natal. McGinity la cita: “Cuando vine a Estados Unidos dejé de lado a la ligera las formas religiosas de las que me había burlado anteriormente...”.

Aunque ya no se sentía plenamente judía, Antin no abrazó el cristianismo. Declaró: “No puedo retornar a la fe judía como no puedo retornar al útero de mi madre, pero tampoco puedo decentemente continuar disfrutando de mi accidental inmunidad personal ante las penurias de ser judía en una época de virulento antisemitismo. Lo menos que puedo hacer -en mi necesidad de compartir los problemas del Pueblo Judío- es declarar que soy una de ellos”.

McGinity nos recuerda también a Rose Pastor Stokes (1879-1933) y a Anna Strunsky (1877-1964) otras mujeres judías inmigrantes que se casaron con hombres no judíos a principios del siglo XX. Stokes fue socialista y activista contra la guerra. Strunsky era escritora. “La mayor parte del tiempo ambas mujeres se movieron en los círculos sociales dominantes de los maridos”, cita McGinity. “Con frecuencia dejaron los círculos judíos”.

Las mujeres entrevistadas por McGinity que se casaron en las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta sintieron la amenaza del antisemitismo y trataron de ocultar sus identidades judías: “Cuando me preguntan si soy judía, siempre lo admito, pero no voy de frente y lo digo”, dijo una señora. Otra mujer, refugiada vienesa de la Segunda Guerra Mundial, explicó que el antisemitismo la influyó en su decisión de casarse con un gentil en 1949: “Me he preguntado recientemente si en cierta forma estaba huyendo de todo eso”. Varias de las entrevistadas de McGinity informaron que su conocimiento de religión judía era demasiado incompleto para educar a sus hijos en la fe judía. Algunas mujeres se volvieron unitarias y dejaron de considerarse judías. Sin embargo, para McGinity esas mujeres eran “todavía judías’ en un sentido diferente. Una de las mujeres que se convirtió al Unitarismo, después de volver de un “Bar Mitzva” le dijo al marido: “Yo era la única persona que no era judía”. A lo que el marido le respondió: “Pero si tú lo eres”. Aún para aquellos que se convirtieron “nadie le permite a un judío olvidar que es judío”, afirmó McGinity. “Era ineludible el carácter judío, mas allá si se identificaban o no”.

A diferencia de las mujeres de décadas anteriores, las mujeres judías que McGinity entrevistó que se casaron en los años sesenta y setenta estaban influenciadas por menores límites raciales y étnicos y la creciente fascinación étnica (piensen en Negro es lindo y el creciente orgullo judío después del a Guerra de los Seis Días, en 1967). En consecuencia, se sintieron con más libertad de casarse con hombres gentiles y al mismo tiempo de afirmar resueltamente a viva voz su identidad judía. Una mujer judía en un matrimonio mixto en 1969 declaró que una influencia poderosa fue “la idea que todos somos iguales y que... una forma de resolver tantos conflictos y problemas (el movimiento de derechos civiles estaba floreciendo) es que la gente opte por casamientos mixtos”. (Cuando su padre se enteró de su intención de casarse con un japonés-norteamericano, le advirtió fríamente: “Recuerda Pearl Harbor”).

Esas décadas también fueron testigos de la segunda oleada de feminismo y además de un feminismo distintivamente judío. Para algunas mujeres interrogadas por McGinity hasta la cuestión feminista de si tomar o no el apellido del esposo una vez casada tiene un dejo judío. Una señora que decidió optar por el apellido de su marido que definitivamente no sonaba judío, contó que cada vez que se encontraba con alguien nuevo, de alguna forma u otra siempre traía a la conversación el hecho que era judía. Otra mujer, que en cambio eligió continuar con su apellido paterno le dijo a McGinity: “No quiero un apellido no judío... porque soy judía y no me gustaría que la gente piense lo contrario”.

Una mujer que se casó en 1978 le dijo a McGinity que ella le dejó en claro a su futuro marido que tendrían un hogar judío: “No íbamos a tener ni árbol ni luces de Navidad y que sería algo a lo que él debería acostumbrarse”. Además insistió en que el tomara su apellido judío y terminaron escribiendo ambos apellidos con un guión. “Terminé como una bandida en este asunto. No di mucho el brazo a torcer”.

Las estadísticas muestran que los casamientos mixtos que habían continuado escalando a fines del siglo XX, se incrementaron desde un 2 por ciento entre 1900-1920 a casi un 50 por ciento en el año 2000. Como consecuencia, una histeria sin precedentes impregnó a la comunidad judía. Clérigos e investigadores académicos informaron sobre un posible “Holocausto”, en este caso precipitado por amor, no por odio. Pero las mujeres que se casaron con hombres no judíos entre 1980 y 2000 cuentan otra versión de la historia. Muchas describen un compromiso vibrante de vivir como judías en hogares judíos. “Mis padres piensan que soy una fanática religiosa ahora, porque rezo los viernes a la noche”, una mujer judía le dijo a McGinity.

No sólo claman una identidad judía propia, sino que muchas de estas mujeres insisten en educar a sus hijos como judíos: “Si no lo hacemos nosotras, no se hará”, una de las entrevistadas afirmó. Estas esposas, a cargo de la educación judía, son las “expertas” en judaísmo de sus familias. Sus roles como “jefas espirituales judías de las familias las ha hecho quizás trabajar más duro para poder llevar una vida judía. Al explicar su rol y el de su esposo en la crianza de los niños judíos una de las mujeres expresó: “Es mayor peso porque mi esposo me toma como ejemplo para que le muestre el camino en las diferentes festividades. Quizás por esto me fortalecí y leí y aprendí más para llevar adelante el show en forma exitosa; quizás no lo hubiera tenido que hacer si me hubiera casado con alguien judío”.

Irónicamente, al mismo tiempo que muchas mujeres judías casadas en matrimonios mixtos estaban luchando para construir familias judías, algunas estaban siendo condenadas al ostracismo en sinagogas. Una de las mujeres reportó que el rabino hizo que su esposo gentil se sentara con la congregación y no con ella en el púlpito, durante la ceremonia en que se le da el nombre al bebé. Otra mujer expresó que el personal del templo la miró mal cuando –teniendo un apellido no judío- estaba tratando de organizar el "bris" para su hijo. Una tercera, participando en un programa en Israel para líderes judíos tuvo que soportar una discusión abierta condenando los matrimonios mixtos. Esto, a pesar que estas mujeres participan activamente en la comunidad judía y crían hijos que son judíos en su vida social y porque han nacido de madres judías, de acuerdo a la Ley Judía son cien por ciento judíos.

La amplia y reconocida rehabilitación de la vida judía a fines del siglo XX que incluyó: nuevos programas en sinagogas para atraer a jóvenes de veinte años, festivales de cine judío, conciertos de música étnica judía están influenciando a mujeres judías en casamientos mixtos. Y la influencia debe ser mutua. McGinity observó un pequeño detalle: cuatro generaciones después que Antin se casara con un no judío en 1901, su tataranieta se casó con un hombre judío y estaba criando a una hija judía. “Mujeres judías en casamientos mixtos son parte de la revitalización del judaísmo”, insiste McGinity. “No están fuera del fenómeno”.

La historiadora de Vassar, Deborah Dash Moore, cree que el trabajo de McGinity proveerá un contrapunto necesario para el uso popular crispado del tema. “Esto es importante porque en la última década los casamientos mixtos se ha utilizado como la alarma nocturna para los norteamericanos judíos, generando suficiente ansiedad para que abran sus chequeras”. “Un poco menos de pasión junto a una perspectiva histórica es un elemento valioso”.

McGinity argumenta que mujeres judías en casamientos mixtos forman ahora hogares judíos de acuerdo a sus propias definiciones de “judaísmo”. Puede que sea así, pero estas definiciones evitan la cuestión de la continuidad judía, tema que McGinity no intentó tratar en su tesis. La profesora de la Universidad Brandeis, Sylvia Barack Fishman, autora de “¿Doble o Nada? Familias judías y matrimonios mixtos” dice que hombres judíos en casamientos mixtos son significativamente menos propensos a criar hijos judíos que mujeres judías en casamientos mixtos: 15 por ciento respecto a 40 por ciento. Pero las familias con mayores chances de criar hijos judíos son aquellas en que ambos padres son judíos. Simplemente, Fishman expone que si las tendencias actuales sobre casamientos mixtos persisten o se incrementan decrecerá la población de judíos norteamericanos.

En la primera mitad del siglo XX menos mujeres judías se casaron con gentiles sugiriendo que eran menos libres de elegir maridos no judíos. Pero la investigación de McGinity insinúa que también se sintieron menos libres de vivir como judías cuando se casaron con gentiles. Mientras que las mujeres judías actuales pueden sentirse más independizadas para casarse por amor en vez de continuar con la tradición son también más libres -gracias a las victorias feministas- de vivir confortables como mujeres judías a pesar de no tener –o quizás porque no tienen- un esposo judío.



Jeri Zeder es una escritora freelance que vive en Lexington, Massachusetts.


Traductora: Graciela Berger Wegsman